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El Neolítico, su sedentarismo y consiguiente nacimiento de la propiedad privada da el pistoletazo de salida al machismo. En mi anterior post detallaba el encadenamiento de argumentos que llevan a que la mujer empiece a colocarse en inferioridad de condiciones en el nuevo contexto social prehistórico. Sentadas las bases, uno de los acicates que deterioran el rango del colectivo femenino de la época, tiene que ver con la transmisión de las posesiones a las que dedico este artículo.

Comencemos por convenir que los primeros homo sapiens sapiens comprenden las tierras en las que se asientan como pertenencias de gran valor. De ellas depende el sustento del clan y, por lo tanto, es necesario protegerlas de la posible usurpación por parte de otros clanes vecinos.

Sin embargo, además de la defensa contra extraños de estas propiedades, hay otro elemento clave sobre el que velar. Este nuevo factor que nos mete de lleno en el centro del discurso tiene que ver con la conservación de dichas posesiones a lo largo del tiempo a través de las generaciones. Ahora bien, ¿a qué se deben estas nuevas exigencias sociales?

Cuantos más dominios ostenta una tribu, más poderosa es sobre otras que no tienen tanto. Y no es cuestión de avaricia, sino de pura supervivencia y conservación del clan. Querer tener y resguardar más zonas en las que cultivar y domesticar animales es importante porque a mayores recursos, mayores son las posibilidades de subsistencia de dicha colectividad.

Que esto sea así, lleva además a otro efecto. Para los que han dejado de ser nómadas, lo que es “de uno” ya no es “de todos”. Y este inédito concepto de propiedad privada se traduce en un también novedoso modo de comportarse: tanto las nuevas comunidades como los grupúsculos que conforman estos clanes comienzan a ser cada vez más “cerrados”. Las familias, comprendidas como unidad mínima social, se “cierran”. Y actúan de este modo porque desean legar a sus sucesores lo que es “de ellos”. Quieren dejar a sus descendientes los bienes que han conseguido a lo largo de sus vidas. Pero, quede claro, a sus legítimos descendientes, no a cualquiera.

Esto nos lleva a encontrarnos con otro factor fundamental. Para asegurar que los futuros herederos de una determinada familia son los auténticos merecedores consanguíneos de tales posesiones, solo hay una vía. La única manera de asegurar su legitimidad está en manos de las mujeres. No obstante, aun siendo ellas las protagonistas de la solución, lejos de favorecerles, como veremos, este privilegio dado por la naturaleza les perjudica enormemente. Veamos cómo.

Aquello de “madre no hay más que una” nunca fue tan cierto. En la época el único parentesco garantizado para el asunto de la legitimidad de la herencia es el de la maternidad. De un hijo solo se podía corroborar empíricamente quién era su madre. Y es por ello por lo que los hombres comienzan a exigir a sus esposas, en sus relaciones monogámicas, un plus: la fidelidad. Pedir a la mujer que sea fiel es el único medio para asegurar que las propiedades de esa familia quedan en manos de sus propios hijos y no en las de los hijos de otro, fruto de algún escarceo de la mujer.

Esta petición de fidelidad se institucionaliza. Eso significa que está bien vista por todos los miembros del clan en su conjunto. Es un comportamiento avalado por todos porque, volvemos, de estas propiedades y su permanencia en el conjunto de pertenencias de la tribu depende la supervivencia de dicha comunidad.

Pero no acaba ahí la cuestión porque no solo está bien vista la petición, sino también los modos empleados para asegurarla. Desgraciadamente para el colectivo femenino, la solicitud de fidelidad se agrava porque también se institucionalizan los métodos empleados para asegurar su cumplimiento. Procesos crueles que explicaré en próximas publicaciones y que colocan al colectivo femenino en clara desventaja social. Procedimientos y justificaciones para su ejecución que contribuyen a engendrar la desigualdad entre unos y otras o, como ya anunció Engels hace siglos, comienzan a dibujar el momento en el que comienza la derrota histórica de las mujeres.